Cómo resolví las dudas sobre mi marca personal

Fotografía: Li Hui
Quien no busca, es.
- Rafael Cadenas

Uno de los temas que más me apasiona y que he desarrollado por una suerte de ensayo y error durante este último año es la asesoría de marcas (comerciales, de servicios y personales). Sin embargo, quienes nos dedicamos al marketing y social media nos convertimos en una máquina de escaneo inmediato para terceros y, pocas veces, para nosotros mismos.

Siendo muy honesta, no es tarea fácil reconocer(nos), observar(nos) y sobre todo, describir(nos), como si se tratase de una declaración jurada de bondades y desaciertos sometidos a juicio, así que el temita de personal branding me atormentaba día y noche gracias a lo que atribuyo como la crisis de los 30: trabajo en publicidad (comunicar-vender) y siento una atracción exacerbada por lo artístico y literario (comunicar-arte).

¿Quién rayos soy?
¿Cómo pueden converger dos puntos tan disímiles?
¿Seré la única que padece la misma situación?

El drama, como ven, se me daba con facilidad.

Salí corriendo a consultar blogs especializados, textos en inglés e incluso, viejas entradas de mi blog acerca del punto, y no lograba reconocerme del todo en esos rincones. Había un descubrimiento, un hallazgo, un punto de partida, un fin superior.

Y -casi- sin darme cuenta, comencé a resolver las dudas que me perseguían día y noche en los estados de Facebook, en la música que escuchaba con algarabía, en los memes y sus carcajadas estruendosas, en las fotos bonitas de Instagram, en los cursos inimaginables a los que me apuntaba y en los filtros infantilísimos de Snapchat. Descubrí, por añadidura, lo siguiente:

Todos
en algún momento
cambiamos
(y eso 
no está mal).

Tocaba reescribirse, asumir los errores, verse las costuras. Y para ello:

1. Hice cosas que me sacaron de mi zona de confort: me inscribí en una clínica intensiva de fashion marketing, asistí a sesiones de acupuntura, me postulé para una beca de escritura creativa y comencé a escuchar reguetón (lo siento amiguitos intensos). 

2. Identifiqué mis valores: ¿qué estoy dispuesta a negociar y qué no?

3. Reconocí mis pasiones: si el marketing y el área digital representan una pasión tan grande como mis libritos y mis poemas, ¿por qué separarlos? ¿Para demostrarle qué a quién?

4. Encontré mi punto de diferenciación: todos los gurúes (qué término tan terrible) de la publicidad se autoproclaman expertos con su fotito profesional y su biografía impoluta. Bien por ellos, es su forma de comunicar y la respeto, pero no soy así. Amo lo cursi y lo denso. Lo profesional y lo etéreo, lo invisible a los ojos. El café. Los libros. El celular. Esa soy yo. 

5. Compartí lo que más amo con un propósito superior: seleccioné unas horas a la semana para escribir en mi blog y en las plataformas sociales sobre lo que más me apasiona: marketing y cultura (con un predominio por lo móvil en el primer caso y por lo literario en el segundo). Los fusioné en mis copys para redes e incluso, expuse las ventajas competitivas de cada uno con la finalidad de enseñar metodologías que desarrollen profesionales de altura, comprometidos con su ramo y con la calidad del contenido publicado, sea cual sea la cátedra o elección. Los resultados han sido extremadamente satisfactorios.


No pude separar 
lo que hago 
de lo que soy.

Y como bien señala Cadenas, mi paisano y poeta favorito: 

¿Discutir para qué? Siempre es posible encontrar argumentos para defender esto o aquello. De lo que se trata, y hay urgencia, es de inquirir.

Aprendamos pues... a inquirir.