El movimiento cultural en Barquisimeto crece a pasos agigantados.


Imagen cortesía de la Fundación Dhyana.
Música, gastronomía, arte y cinematografía se conjugan en una ciudad cada vez más amable.

Despierto. Tomo café. Reviso Instagram. En la cuenta del IMCA promueven un evento orientado a la difusión de productos y servicios para PYMES y artistas locales. Me visto. Apenas coloco un poco de brillo sobre mis labios. 

Salgo a la calle. 

Hay un montón de gente haciendo yoga. ¿Cómo harán para tener tanta flexibilidad? pienso ipso facto. 

Repaso mentalmente la agenda del día: entrevistas, clientes, presentación de campaña. Todo listo. Todo dispuesto. Miro el reloj. La premura de mi itinerario se sumerge en los colores azul, rosa, verde y naranja de un mural larense. Camino en silencio. Me topo con un libro abandonado a propósito. ¡Vaya suerte la mía! exclamo sin pena. 

Al llegar a la oficina recibo un whatsapp. "Este fin de semana hay cine foro en El Chaplin y muy pronto una cata en la Alianza Francesa". ¿Será de vino o cocuy? ¿Podré acercarme? Sobrevivo a la mañana con ambas preguntas.

Olvido el almuerzo en casa. Ni siquiera lo hice. No cocino, no me gusta. Encuentro uno de esos pintorescos locales con menú casero y precio asequible. "En efectivo siempre, señora". ¿Señora? ¡Así de vieja estaré! Esta vez no llevo brillo.

Cruzo la calle y visito El Clip. Compro tres libritos -todos venezolanos- mientras la Divina Pastora recorre la Av. Los Leones. Hacen cola en el Madeirense. Llegó leche, sentencia un empleado. "Hoy toca del 1 al 3, la cosa ahora es por cédula". Mi mente se nubla.

Regreso a la ofi. Leo un email. Habrá trueque de libros en el Sambil. Un gran amigo tocará ese día. Busco la cámara, la libreta y el lápiz y salgo corriendo al Ambrosio Oropeza. Hay un evento motivacional de esos que rechazo de forma consciente. Entrevisto a la actriz. Lloro con ella. La vida me da una gran lección. No todos son Coehlo.

De vuelta a casa. Redacto un par de notas pendientes. Alguien me invita a cenar pepitos. Soy aburrida, le digo, y me entrego a la sonoridad del teclado.

La noche culmina junto a la delgada línea que divide al jueves del viernes. Una semana más, pienso en voz alta. El movimiento cultural en Barquisimeto crece a pasos agigantados. Sonrío. Agradezco. Disfruto. Tripeo.

Mañana será otro día.

Despierto. Tomo café. Reviso Instagram.