Emprender suena al verbo parir (y otras cuántas cosas que nadie escribe).


En estos tiempos donde la mayoría parece ser "experto en" se ha intentado vender cómo ser emprendedor en cinco pasos de forma voraz, acompañado de frases prefabricadas en las redes sociales y mucha, mucha autoayuda.

Quizás por eso la gente desestima al sector privado con tanta facilidad, exigiendo derechos a diestra y siniestra sin recordar los deberes inherentes a todo compromiso.

Muchos hablan de las satisfacciones de convertirse en su propio jefe, asunto que no desestimo (es maravilloso), pero pocos hacen referencia a las noches sin dormir, a los fracasos necesarios, a los amigos que se alejan porque no posees el mismo tiempo de antes para tomarte un café, a los que juegan sucio, a los que mienten para conseguir tu puesto en el mercado, a los que ofenden en silencio.

Ya lo escribía hace rato en Twitter: posicionar una compañía o proyecto personal, sustentar familias, pagar sueldos... se ve muy simple y no lo es.

Ser emprendedor -ese término tan de moda para algunos eruditos del marketing- es un trabajo arduo. Las cosas no caen del cielo. Se ríe y se llora con facilidad. Se ganan algunas ojeras mientras se estabiliza una empresa. Se pelea 24/7 con la humildad y el ego. Se pagan servicios y honorarios profesionales. Se aprende a escuchar al otro.  Se trabaja en equipo. Se conoce quién es quién.

Las fórmulas mágicas del éxito no existen. El tesón, la perseverancia y la capacidad de rectificar cuando algo sale mal son las claves ancestrales de un buen empresario. Aunque tenga una bodeguita chiquitica en el portón de su casa, una agencia de publicidad, un Farmatodo, un café.

Emprender suena al verbo parir (y otras cuántas cosas que nadie escribe).