La Venezuela que tenemos.



He tenido mil cosas rondando mi mente en los últimos días. Sacar adelante una empresa en un país tan inestable es una prueba de voluntad, fe e inteligencia emocional. Así que, más concentrada en los problemas que en las bendiciones, extravié mi tarjeta bancaria el día jueves de quincena. Sí, ayer. Y justo ayer había estado en más de cinco lugares -casi- a la vez: oficina, locales de comida, reuniones con clientes, bancos y farmacias.

Al llegar a casa y darme cuenta de la ausencia de la tarjeta me desesperé. Repasaba mentalmente cada uno de mis pasos sin lograr comprender dónde había podido dejar el preciado tesoro. Me lamentaba diciendo que iba a tener que perder todo un día en el banco para solicitar el documento y además, esperar una semana para que llegara a su destino. Todo un drama, al fin y al cabo.

Cuando pude calmarme, llamé a varios lugares donde había estado en horas de la tarde. Ninguno tenía indicios del paradero de un sencillo y cotidiano documento bancario. Sólo me quedaban dos opciones: la oficina y Farmatodo.

Hoy, al despertar, fui temprano a la cadena de farmacias y pregunté si había una tarjeta a mi nombre. El empleado de turno me sonrió, me pidió amablemente mi cédula y me dijo que esperara un momento, que iba a revisar en la oficina de administración. Al regresar, me entregó la cédula, la tarjeta y me confesó que la había encontrado en el piso y quiso guardarla de inmediato. El chico sonrió con todos los músculos de su rostro y -sin pedirme absolutamente nada a cambio- me dijo con tenacidad: ¡Señora, que pase muy buenos días!

Salí feliz, sorprendida y agradecida al darme cuenta de la Venezuela que realmente tenemos.

Gracias a ese joven por recordármelo.