Crónica de una enfermedad anunciada: chikungunya.


Viví seis días terribles patrocinados por la chikungunya, una epidemia que el Gobierno de mi país (Venezuela) prefiere mantener en silencio, como otras tantas cosas que ha callado a lo largo de estos 15 años. Cada caso cercano es una tragedia. Si el paciente posee complicaciones inherentes a otras enfermedades, el panorama se torna aún más oscuro.

Los que "vamos en góndola" con nuestro sistema inmune no nos salvamos de la fiebre, las erupciones en el cuerpo, los ganglios inflamados, el escozor y el dolor: un terrible y pronunciado dolor que se cuela internamente y no deja que te muevas ni a la esquina, literalmente. No podía levantarme de la cama sin sentir una fuerte aflicción en los pies (aún me cuesta caminar erguida) y mucho menos teclear más de dos líneas (eso también persiste sin tanto drama). Sin embargo, aquí estoy, narrando con mejor semblante un episodio que -poco a poco- va quedando en el pasado y en mi largo historial médico.

De la chikungunya aprendí que, hagas lo que hagas, el mosquito transmisor puede picarte cuando menos los esperes. También comprendí que existen millones de hipótesis sobre esta enfermedad rondando en la mente de los venezolanos (situación que no juzgo con una información cada vez más censurada en los medios de comunicación) y que cada quien saca sus mejores dotes de "curandero" para intentar aliviar el malestar del afectado. "Toma soda, agua de coco, leche condensada, vitamina B (esa sí me funcionó), eleva una oración al Dr. José Gregorio, pega cuatro gritos al cielo, corre en círculo y descansa Belkis, descansa bastante". La buena fe se agradece.

Pero, ¿cuál es el balance más importante de este episodio? Recordar que en las buenas, en las malas y en las peores, tu familia cercana emerge como la figura del mejor amigo que siempre has querido -o creído- tener. A ellos no les importa si la chikungunya es viral o no (tal como se rumora). Igual te cuidan, te dan de comer como si tuvieses tres años, te ayudan a levantarte cuando no tienes fuerzas y celebran tu pronta recuperación con una sonrisa que ilumina cada centímetro de tu hogar.

A mi familia (y a todos los que estuvieron atentos), muchas gracias.

Los dolores que aún persisten se borrarán como se borran todos los episodios atroces de la vida, y nos dejarán un recordatorio de lo efímero que somos y de lo mucho que podemos disfrutar nuestra estancia en el mundo si nos quejamos menos y hacemos más.
"La salud es lo más importante".

- Mi mamá.