La musa y los blogs.


Soy una entusiasta de los blogs. Principalmente, porque combaten el culto a la inmediatez de los 140 caracteres. También porque siempre he sido una nerd apasionada a las letras y sus historias (las de otros, no las mías) y crecí con el boom de las bitácoras venezolanas que, en el 2005, dieron vida desde la capital musical (Barquisimeto, mi ciudad).

Y es justamente a partir de esa fecha que comencé a poner manos a la obra para escribir, borrar, reescribir, abandonar y retomar el oficio de blogger. Aunque desde hace un par de años me he apoderado de la constancia como norma de vida y he asomado mis frases con mayor frecuencia. De hecho, hay quienes atribuyen ese diminuto e imperceptible cambio a la estabilidad emocional que he concebido con el paso del tiempo, y a decir verdad, la idea no es del todo descabellada.

Ahora bien, hay que señalar que varios blogueros de reconocida índole utilizan técnicas y herramientas para publicar de forma periódica en sus espacios digitales. Llevan agenda, temario y calendario editorial. Pero en mi caso -el único que me concierne- sólo he  aprendido a lidiar con mi musa. La he dejado ser: persistente, apasionada y silente, muy silente. Y pese a ello, ha encontrado su propia voz.

Ambas -mi musa y yo- hablamos desde la autenticidad: el atributo más preciado que me conduce a retomar los lugares cálidos que anhelo (y que a su vez me pertenecen). Como mi hogar, como mis verdaderos amigos, como mi web.

Soy una hoja en blanco que se escribe a sí misma.

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