Sobre marcas personales y la civilización digital del equívoco.


Si los arqueólogos del porvenir estudian nuestro comportamiento virtual, encontrarán una civilización del equívoco. Imaginemos que los libros desaparecen y las únicas pruebas de nuestro paso por la Tierra son los mensajes digitales. En ese horizonte sombrío, Wikipedia, Facebook y Twitter tendrían la importancia del Código Hammurabi, la piedra Rosetta y las inscripciones cuneiformes en el palacio de Nabucodonosor II.

Así describe Juan Villoro el futuro de nuestro pasado en el ensayo ¿Quiénes somos en la red?, un texto que invita a la reflexión en torno a la exposición digital de nuestra vida cotidiana a través de las plataformas sociales que, poco a poco, se adueñan de nuestra memoria RAM.

Tal aseveración me hace cuestionar el tratamiento actual de las marcas personales en Internet. En mi país, por ejemplo, tenemos una proliferación de productos homo sapiens que desfilan en las redes gracias a la era fitness, el deporte, la moda y el mercadeo, abriendo la posibilidad de inversión en un nicho cada vez más amplio, saturado y -por qué no- agobiante.

Sascha Fitness recomienda almendras, muchas almendras.

Uno de los casos más representativos de marca personal es, sin lugar a dudas, Sascha Barboza, mejor conocida como Sascha Fitness. Mamá, esposa y Personal Trainer, Sascha ha logrado trascender la barrera de las selfies y los 140 caracteres a través de su libro "Las recetas de Sascha Fitness" y el patrocinio de marcas tan afamadas como Reebok.

Rutinas de ejercicio, consejos para rebajar y muchas, muchas almendras, son parte del contenido central de esta maracucha en redes sociales.

Varios la han tildado de rubia tonta. A mí me parece todo lo contrario. Ha logrado construir un emporio donde emerge como figura principal. Sin embargo, el punto más resaltante de Barboza como marca, es la coherencia. Practica lo que predica, actúa bajo sus principios y eso, siempre lo nota la audiencia.

Ya lo dijo Villoro:
Las vidas reconstruidas a partir de Wikipedia serían muy poco ejemplares, por no decir calumniosas. Esa herramienta tribal incluye las ocurrencias de impulsivos enciclopedistas. A veces uno desearía que fueran ciertas (a mí me asignaron un consulado en Barcelona), pero casi siempre son dudosas. ¿Y qué decir de Facebook y Twitter, donde una persona se puede inscribir con el nombre de otra para despotricar hasta la abyección? Abundan los casos de comentaristas clonados por adversarios que los hacen opinar en la red lo contrario a lo que escriben en la realidad. ¿Y si sólo sobreviven en ese mundo al revés, como némesis de sí mismos, apoyando en la posteridad lo que detestaron en vida?

Pero, ¿qué sucede con los personajes que se adentran en la Red y no son fieles a sus creencias? ¿Se convertirán, acaso, en la burla de los arqueólogos del porvenir?

No lo sé. Lo único que puedo deducir es la mofa cercana de un público inteligente: al que cada día se le engaña menos para que compre más. Incluso por Instagram y su perfil -cada vez más- e commerce.

Coman almendras.