Darle sentido a la palabra.


Darle sentido a la palabra. Buscar el propósito que emerge en nuestro espacio de trabajo.

En eso vengo pensando desde que escuché la magistral ponencia del Profesor Marcelino Bisbal en torno al papel que el periodista ejerce frente al infociudadano; y más allá del status quo de los términos, me permito explorar esos vocablos como recurso, como espejo, como carta de presentación.

Bien lo dijo Wittgenstein (quien es citado frecuentemente por Bisbal):
Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

Y la palabra -viva, airosa, independiente- forma parte de ese complejo universo. La usamos para comunicarnos a diario, para expresar nuestros puntos de vista, para desahogarnos, e incluso, para enamorar. Pero cuando es utilizada en el contexto profesional, la hacemos a un lado para rehacerla. Coqueteamos con ella hasta tal punto, que creamos una versión lejana a los escenarios planteados hasta este momento.

Acaso, ¿vestir la palabra en el ambiente laboral es una forma de adornar lo que no requiere maquillaje? ¿Somos una falacia de verbos andantes? No lo sé. Lo único que reconozco es la búsqueda del grito propio, de la voz propia condicionada a las reglas del entorno y seguidas al pie de la letra -algunas veces sí, otras no tanto- por la sociedad.

Cuando al fin hayamos encontrado esa voz, el sentido será -tan sólo- una condición inherente.