La eternidad efímera.

La vida es una circunstancia. Un instante. Un tránsito fugaz.

Hace días pasé un gran susto al enterarme del accidente vehicular de personas muy queridas. Todos están bien, recuperándose, celebrando juntos la unión familiar. Sin embargo, no he podido dejar de pensar en lo efímera que es nuestra naturaleza.

La vulnerabilidad intrínseca en los seres humanos es una constante que abruma. La rutina puede deparar sorpresas, alegrías, tristezas, acciones inesperadas. Rozar el peligro y salir ileso es una suerte que pocos alcanzan.

Con este episodio descubrí que le temo profundamente a las despedidas (aunque últimamente haya dicho adiós en silencio). Supongo que aferrarse a lo bueno es parte de la supervivencia, de la dicha eterna, del oxígeno infinito que anhelamos, pero sólo tenemos pequeñas dosis de felicidad que nos permiten contar las bendiciones otorgadas en nuestro paso por la tierra.

Eso, y la tranquilidad de haber tenido una vida plena, es lo único que compone la verdadera eternidad.
Carpe diem quam minimum credula postero.