La ausencia del otro.

Solemos edificar rostros ajenos en la semántica del Yo primitivo.

Hablamos del amor del otro,

del enojo del otro,

de la preocupación del otro,

y olvidamos

-a ratos-

el silente y diminuto espejo de la realidad:

la que nos carcome,

la que nos aviva,

la que nos enciende.

Ese otro


es, tan sólo,


un sujeto solitario


con nuestro nombre escrito en el pecho.