Siempre soy la última en enterarme.



Eso he pensado todo el día. Siempre soy la última en enterarme: de los logros, de los fracasos, de los premios, de los cachos, pero, sobre todo, de lo que siento.

Evado el amor, la rabia o la tristeza con una perspicacia digna de los más famosos ilusionistas del mundo. Y, he de confesar, que también quería evadir el dolor por la partida de María Luisa, mi bisabuela. Quizás porque vivió (y muy bien) más de lo pensado y su despedida era inherente al curso natural de vida. O tal vez porque de tanto pensarlo (¡Cuánto ha vivido Maíta!) uno se siente culpable de juzgar la permanencia y las lecciones dadas por los ángeles que nos rodean en la tierra. Sí, lo de ángeles suena cursi, pero es que no sólo estoy asimilando el luto: también la cursilería propia de estos casos.

Estoy triste. Muy triste. Tanto que siento el clap de mis lágrimas en el teclado.

Dijo una vez Cortázar: "Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos". 180 segundos son muy pocos, Julio.

El dolor -así como la alegría- debe reconocerse. Caerse a golpes con él es parte del proceso, de lo anecdótico, de lo pintoresco. Reconocer para ser.

Estoy triste viejita, y al menos hoy, no puedo evitarlo.

Mañana será otro día.