La lectora ausente.


Brigitte pasaba todos los días frente a la Biblioteca Nacional inaugurada en la modesta Venezuela de 1954. Con apenas 22 años, gozaba de un vaivén natural de caderas que delataba su esbelta figura de ya no tan niña- nunca tan mujer y un nombre poco común frente a las Marías del país tricolor.

Siempre impecable de pies a cabeza, miraba atenta aquella puerta azul que abría un mundo de historias clasificadas por orden alfabético: la C de clásicos, la I de idiomas, la de literatura, y así, sucesivamente, hasta formar un abecedario impoluto y resistente al paso del tiempo.

Las pocas novelas que había leído provenían de su adolescencia. Doña Bárbara y Cien años de soledad formaban parte de su escaso repertorio.

En honor al conocimiento que ejercía sobre sí misma, Brigitte pensaba que no volvería a tocar un libro por décadas. El mandato dictatorial de sus profesores otrora causó una aversión tan radical frente a los textos, que se declaró incapaz de disfrutar de relatos camuflados con nombres falsos y amores ajenos.

Hasta que, un día, quiso enfrentar su aversión al papel y caminó a paso lento por una larga fila de soldados erguidos, con páginas tan gastadas como sus sentimientos.

Durante varios meses coqueteó con Joyce, Fitzgerald, Coetzee y un sinfín de escritores latinoamericanos nacidos en la era digital. Contra todo pronóstico, se convirtió en una adicta a las letras. Saboreaba versos. Lloraba. Reía. Se enfurecía con finales tiernos y prosas adolescentes. Y así pasaba sus días: atada a ese hilo irreductible que sólo proporciona lo irreal, lo efímero, lo incierto.

Sus tareas cotidianas eran arropadas por la imperiosa necesidad de leer. Dormir y comer ya no era tan relevante como soñar con un final feliz para la Maga.

El calendario de pared que adornaba su habitación carecía de utilidad. La severa evasión de la realidad le había hecho perder la noción del tiempo. Pero los años per se llevaban su propia cuenta.

A finales del siglo XX, la encontraron muerta en su residencia. Vivía sola. No tenía amigos ni familiares cercanos que velaran por ella. Sólo la acompañaba su extensa biblioteca, comprada en el mismo lugar por el que se paseaba a sus -cortos- 22 años.

Junto a su cuerpo inerte, yacía un libro sin portada y una nota que exclamaba:

"Nunca fui infeliz, pero tampoco dichosa. Sólo leía para olvidar quién era y ahora ustedes olvidarán quién fui"