Eso que llamamos hogar.


Estos últimos días he pensado en la palabra hogar. Ese lugar sagrado que adoptamos como propio y que, además, nos invita a refugiarnos plácidamente en un espacio-tiempo añorado.

Hogar, desde mi punto de vista, va mucho más allá de una dirección postal. Es un libro anhelado y devorado con la rapidez de los besos a escondidas, una carta enviada a más de diez mil kilómetros de distancia, un café compartido con los amigos, una sopita de la abuela.

Eso que llamamos hogar tiene más de cien rostros y un elemento en común: nuestra presencia. Fiel. Cabal. Atenta.

Por eso hoy, al regresar a casa, tomé la fotografía que acompaña a este post y me senté a escribir. Me di cuenta que las letras forman parte de mi pequeña morada, y que como todo pariente cercano, también quieren que las abracen al caer la noche.