El radicalismo: el otro cáncer del venezolano.


Antes de ofrecer mi punto de vista sobre lo dañino que resulta para nuestro país caer en los extremos, quiero aclarar que desde que era una adolescente (y no contaba con la edad legal para votar) jamás creí en el proceso revolucionario de Hugo Chávez. Votar por un militar me parecía -y me sigue pareciendo- una atrocidad que desvirtúa los avances de la sociedad civil. Tampoco soy partidaria de un Gobierno presidido por Nicolas Maduro que ha instaurado una de las inflaciones más grandes de nuestra historia, a la par del hampa desbordada que él y su clan no han logrado controlar -sino acrecentar- durante más de quince años. Mucho menos apoyo los disparos a la cabeza de los estudiantes que han sido asesinados en las manifestaciones ocurridas durante estos últimos días y que enlutan la bandera tricolor con sangre y lágrimas de millones de venezolanos.

Ahora bien, llevo años padeciendo los efectos dañinos del radicalismo y la falta de respeto en Venezuela. Y voy a puntualizar tan solo dos casos (porque hay muchos más, incluso cuando estuve enferma). El primero de ellos, nace de un medio de comunicación que laboraba justo al frente de mi casa cuando apenas el chavismo disfrutaba de su luna de miel. En mi casa fuimos víctimas de largas noches y madrugadas de rumbas por parte de sus empleados, la indiferencia de su dueño ante nuestros -respetuosos- llamados de atención y de otros medios cuando íbamos a expresar lo ocurrido, sin olvidar la mirada ausente de las autoridades. Nuestros reclamos por simplemente querer dormir en paz aumentaron el hostigamiento de sus empleados. Tanto así, que un día amanecimos con la reja de mi casa (sí, la reja) en el piso como señal de advertencia. O nos la calábamos o vaya usted a saber qué podían hacer. El tiempo pasó y el medio al que hago referencia cayó en quiebra. Los empleados se fueron y pudimos volver a la normalidad luego de cinco años de pesares. Insisto: nadie nos ayudó.

El segundo caso ocurrió hace apenas dos años. Invasores chavistas entraron de noche a los alrededores de nuestro hogar y se adueñaron de espacios privados tanto del lado derecho como del lado izquierdo de mi casa. El temor, la zozobra y los momentos de pánico del que fuimos protagonistas (y que aún vivimos) no se lo deseo a NADIE, así, en mayúsculas. El hecho fue tuiteado a través de mi cuenta, demandado ante los organismos competentes y medios de comunicación. Una vez más, nadie nos ayudó. Así que puedo decir sin temor a equivocarme que en mi hogar hemos vivido los dos lados de la moneda: el de la empresa privada irrespetuosa y el de las invasiones a sectores privados. Como he repetido a lo largo de este post: nunca nos ayudaron.

Me llama poderosamente la atención que varias personas que se molestan conmigo por mi negativa a trancar las calles como medida de protesta no se hayan siquiera solidarizado con un mensaje directo en twitter cuando inundaba mi timeline con el terror que sentía al escuchar, pasada la medianoche, los pasos de extraños tumbando con lo que tuviesen a la mano los candados y las rejas de los terrenos privados alrededor de mi casa. O que me reclamen sin piedad mi ausencia en las actuales marchas sin siquiera preguntar el motivo. Marchas pacíficas que, por cierto, apoyo al igual que en el 2002. No dejé de faltar a ninguna en esa época.

A lo que quiero llegar con todo esto es que la mayoría de las personas no toman acción hasta que la impunidad toca la puerta de su casa (gracias a Dios existen excepciones y hay quienes tienden una mano sin esperar nada a cambio, aún sin padecer lo mismo que nosotros).

Estoy de acuerdo con la protesta pacífica e inteligente (volanteo, consignas en los billetes, marchas a instituciones inherentes al Estado) pero no puedo aplaudir a un sector de la población que secuestra al resto de sus vecinos -sin importar tendencia política- porque están cansados de este Gobierno. ¡Yo también estoy cansada de esto! No quiero salir a la calle con miedo y regresar con TERROR porque no sé qué se les puede ocurrir a mis vecinos invasores. No quiero hacer largas colas para comprar algo tan básico como papel higiénico. No quiero ser rechazada por amigos y familiares por el simple hecho de pensar distinto, entre otros tantos anhelos.

Pero tampoco quiero convertirme en el ser radical que he criticado durante años y del que he sido víctima en infinitas oportunidades.

No apoyo las barricadas a menos que sea un método de defensa frente a motorizados armados que amedrentan a la población (a los que por cierto el Gobierno tiene el deber de desarmar para salvaguardar la vida de los ciudadanos), pero tampoco puedo secuestrar e insultar a mis vecinos -aunque ellos hayan violado la propiedad privada y los derechos de los demás- porque eso sería convertirme en lo que me causa pavor.

El radicalismo es, sin duda alguna, otra de las enfermedades crónicas del venezolano. No perdamos el foco. Hay que exigirle a nuestros gobernantes competencia en temas tan básicos como seguridad, buenos centros de salud, empleados públicos capacitados, educación óptima para todos y sobre todo, RESPETO.

La verdadera política se construye desde la calle sin cercenar el derecho de los demás y respetando -aunque la ira nos nuble la mente- el pensamiento contrario. Sólo incluyendo y no excluyendo podremos ponernos de acuerdo. Es mi opinión.