Un país en coma.


He despertado con una triste noticia: 
Venezuela, 
mi país, 
está en coma.
- Una de mis tantas anotaciones en papel

Despierto con el sonido de los titulares televisivos. Una voz al fondo habla de cifras de guerra en el país de las mujeres bellas. Apenas bebo café. Me detengo frente a la mirada inexpresiva del ancla de noticias. Respiro. Analizo. Lloro un poco. Me frustro.

Pienso que la miseria social no tiene límites. El respeto a la vida se ha convertido en un término ajeno para los que alguna vez fueron niños con ilusiones a cuestas.

A lo lejos puedo escuchar el sonido del respirador artificial que nos mantiene conectados a la esperanza, a las ganas de seguir adelante. Hay algo que no se ha muerto del todo, repito sin cesar, como ferviente defensora de la evolución. Pero luego, al salir del letargo propinado frente a una pantallita que dista de ser un modelo plasma saqueado en una tienda de electrodomésticos, descubro las lágrimas de un padre desesperado en medio del transporte público por la desaparición de su hijo de apenas veinte años.

Cada gota derramada es una estrella de mi bandera.

Cada llanto se tiñe de rojo dolor.

"Esto no puede estar sucediendo", afirmo como mantra. Pero sucede a diario y -al parecer- no hay nadie que pueda evitarlo.

Nos hemos enfermado de odio. Nuestra principal condena de muerte es la escasez de valores en un país que tiene todo para ser feliz. La onomatopeya del terror es nuestro soundtrack cotidiano.

Hoy, sólo por hoy, no puedo más.

Me redimo ante la impotencia, ante la frustración propia del ser humano.
Ante el dolor de la familia de Mónica Spear y su esposo.
Ante la inocencia de Maya.
Ante las estadísticas ocultas.
Ante la desconsolada mirada de un extraño.
Ante la página de sucesos.

Estamos en coma, es cierto. Pero aún podemos despertar.