Del verbo admirar.

I've been a puppet, a pauper 
A pirate, a poet 
A pawn and a king
I've been up and down 
And over and out 
And I know one thing
Each time I find myself   
Flat on my face
I pick myself up 
And get back in the race.
- Frank Sinatra

Siempre he pensado que el amor parte -en gran medida- de la admiración.

Nuestras pupilas ganan sutileza frente al objeto de deseo. Se dilatan. Se convierten en cómplices y testigos sin que nos demos cuenta.

El don de poder ver más allá de lo aparente nos hace sentir vivos, alegres, colmados de ímpetu. Nos sabemos poderosos, vigorosos y hasta un poco más humanos con las cualidades que emanan del ser amado. Es un complemento necesario. Una sincronía en perfecto orden. Un renacimiento.

Ayer, al ver esta imagen de Grace Kelly junto a Frank Sinatra, no pude dejar de pensar en las veces que he observado a alguien como lo hizo ella, la bellísima Grace Kelly, con su sonrisa plena y sus ojos de agua. Y he llegado a contemplar de tal manera, gracias a la profunda admiración sentida por los hombres de mi vida: inteligentes, deliciosos, precisos, divertidos.

Quizás -y sólo quizás- me enamoro de las cualidades que no había podido reconocer en mí.

Tal vez me haya faltado sentirme, reconocerme, admirarme, como Sinatra frente a una de las mujeres más hermosas que ha tenido el cine de todos los tiempos.

Ella, con su excesiva belleza e inteligencia, no pudo dejar de apreciar al buen Frank. Yo tampoco. Aunque seguramente hubiese podido suceder lo contrario.