Como mirada de geisha.


Su mirada
-pacienciente,
atenta,
sigilosa-
callaba lo que su corazón nunca pudo olvidar:
había renacido en el cuerpo de una geisha
y más nunca podría rendir pleitesías a su viejo amor
(su eterno amor).

Él
extraviado en Kioto,
se alejó sin mediar palabras,
como quien se pierde en la nostalgia sin pase de turista.

Sólo los unía 
el vago recuerdos de sus ojos
y la figura desnuda que dibujaban al verse
el uno en el otro:
el rostro de uno,
el corazón herido del otro.