Retrato de un lugar común que nos hace feliz.


Todos hemos tenido -en algún momento- una pequeña listica silente que nos eleva el entusiasmo en un dos por tres. Mis premisas básicas son:

- Compartir un café con la gente que quiero.
- Leer.
- Trabajar en lo que me apasiona.

Pero también existen atribuciones mucho más banales en el acto de sacar sonrisas, y por ello, no dejan de ser menos importantes. Algunos de mis ejemplos recurrentes:

- Ir a la peluquería.
- Hacerme la manicure en casa (al mejor estilo Almodóvar).

Esa listica silente bien pudiese aumentar si tuviera el tiempo para desarrollarla como se debe. Sin embargo, no puedo dejar de pensar -entre emails pendientes y facturas por enviar- que somos un compendio de lugares comunes enmarcados bajo dos aspectos fundamentales: el amor hacia los demás y el yoísta, el propio. Lo que nos hace felices junto a otros. Lo que guardamos religiosamente, con o sin compañía. El libro que prestamos. El que nos regalan (y el que regalamos). El café que anhelamos con el hombre de nuestra vida (aunque esa vida pueda significar tan solo meses en un historial de sexo-peleas-rupturas-reconciliaciones). El almuerzo a solas. La cena en familia. El cine con los amigos. El ponche crema en navidad.

Quizás amanecí divagando más de la cuenta. No lo sé. Pero no pude evitar reflexionar sobre cómo una escena cotidiana puede hacernos tan dichosos (estemos o no rodeados de afecto). Y si no lo creen, pregúntenle a mi retrato al salir de la peluquería. No podía estar más feliz el condenado.

Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma.
- Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar