"A pesar de todo, sigo pensando que la gente es buena".

Ana Frank
Desde muy joven he trabajado -de alguna u otra manera- en medios de comunicación. Comencé como asistente (útil-pa-ra-to-do) en una emisora de mi ciudad y poco a poco fui ascendiendo hasta tener mi propio programa de radio en otro conocido medio.

Por supuesto, era muy chama. La exposición masiva y el brillo que emana pertenecer al staff de locutores/animadores/estrellas de pueblo, apabulla a cualquiera. Y si tienes 20 años de edad, más. La radio me enseñó disciplina y calidad. Evitar a toda costa la mediocridad propia de la producción regional era mi consigna. Conocí seres maravillosos, pude entrevistar a personalidades que han aportado cambios positivos en sus carreras y por supuesto, me gocé como cualquier adolescente los eventos de moda y sus entradas V.I.P.

Hasta que un día enfermé.

Vi desaparecer -al mejor estilo de Harry Houdini- a muchos "cercanos" y, para mi sorpresa, otros tantos (con los que apenas había entablado conversación en alguna oportunidad) estuvieron presentes en los peores momentos.

En esa oportunidad creí haber aprendido la lección. No sólo debía disfrutar de cada minuto de mi vida (sí, lo sé, es una frase terriblemente cliché y me disculpo por ello), sino que además debía darle el justo valor a las personas: mi familia (que estuvo día y noche a mi lado durante mi recuperación), mis amigos y esa gente maravillosa que te tiende la mano sin esperar nada a cambio.

Ya lo dije antes: creí haber aprendido la lección.

Pero como ya sabemos, Dios/El Creador/La Fuerza Súper Poderosa del Universo/Cerati/Charly o como deseen llamarlo, es muy sabio y coloca frente a nosotros situaciones que aún no hemos asimilado del todo para que, justamente, aprendamos de ellas.

Este año ha sido uno de esos (repleto de altibajos, oportunidades y decepciones). Una vez más, involucrada de alguna u otra manera en los medios de comunicación, he visto ¿amigos, conocidos? por los que sentía gran estima tocar la puerta con frenesí y cerrarla de forma voraz apenas obtienen lo que desean.

A decir verdad, me hiere profundamente.

Si bien es cierto que no soy un techado de virtudes (nadie lo es) y que puedo ser intensa-arrebatada-impulsiva en ciertos escenarios, me cuesta entender cómo existen personas que pueden manipular al entorno para obtener un beneficio propio. Siempre he pensado que si usaran esa habilidad para caridad, habría menos hambre en el mundo.

Discernir es la clave.

Como dice el gran Drexler: se trata de distinguir lo que vale de lo que no vale la pena. Dar tu tiempo, tus ganas y tu atención a las personas que lo ameritan. En las alegrías y en las tristezas, en las celebraciones y en la enfermedad, en los logros y en los fracasos.

Alguien muy querido me dijo hace poco lo siguiente: "no dejes que nadie te aparte de tu camino". Me quedé pensando en la frase. Puede parecer simple, pero encierra una gran verdad a cuestas. No dejar que nadie me aparte del camino que he decidido andar es tomar responsabilidad por mis propias acciones, sin victimizarme porque este o aquel me hicieron -o no- daño. Avanzar entre lágrimas o sonrisas sin adjudicarle la culpa a los demás. A fin de cuentas, la compañía más leal se encuentra todos los días frente al espejo.

Por supuesto, no es tan fácil. Duele como todo proceso de ruptura (llámese amistad, noviazgo, lazos familiares o relación de trabajo). Duele muchísimo y es algo que no podemos evitar.

Pero como el balance también pertenece a este mundo, uno se topa con cosas maravillosas. ¡Y gente maravillosa! Personas que tocan nuestras vidas para hacernos reír sin esperar de vuelta la misma acción. Que confían en nuestras capacidades y nos alientan a combatir nuestros temores. Que nos abren las puertas de su casa, de su oficina, de su vida privada, para que crezcamos solos (o junto a ellos, da igual).

Y al final del día, agradeces cada trago amargo, cada lágrima, cada lección.

También sonríes.

Y creces un poquito más.

"A pesar de todosigo pensando que la gente es buena"
 - Ana Frank