Los libros y sus portadas.


Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. 
Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo.
- Oscar Wilde en el prefacio de "El Retrato de Dorian Grey"


Para nadie es secreto mi debilidad por la lectura silente.

Con mayor o menor frenesí, me he adueñado de letras ajenas para escapar -aunque sea por instantes- del caos de mi ciudad y su transitar temeroso. Pero además, he desarrollado un acto en extremo voyeur en base a las tapas de los textos.

Tengo una relación morbosa con las portadas.

Me llaman.
Me excitan.
Me atraen.

En ocasiones he salido profundamente decepcionada del escritor y su forzoso intento por entretener. Otras veces he terminado doblemente complacida. Historia y tapa se han acoplado de tal manera, que atesoro la publicación en un espacio diseñado especialmente para ellos: los que me seducen, los que me retan, los que me encienden.

Sin temor a exagerar, los libros y sus portadas me producen lo que he denominado desde hace tiempo un orgasmo intelectual. Quizás por eso los valoro tanto cuando aparecen en forma de obsequio. Es una manera de habitar en mí.

Y, ¿a quién no le gusta eso?