Esa que no soy yo.


En casa suelen llamarme por mi segundo nombre: María, como la virgen sin pecado original.

A mí, la verdad, nunca me ha gustado Belkis. Suena a peluquería, a uñas acrílicas (Dios nos libre de ellas) y a leggins estampados. Así que a lo largo de los años he tenido que aprender a convivir con mi sello distintivo sin desvergüenza aparente. No me ha quedado de otra.

Sin embargo, tampoco he logrado identificarme con el título de la elegida (en hebreo, María, la amada por Dios).

Cada vez que alguien pronuncia mi segundo nombre, vivo unos instantes terribles, largos, confusos. No sé si le hablan a una extraña o se refieren a mí. Es como si pudiese ver en el espejo un rostro que no me pertenece, pero que -a fin de cuentas- reconozco como parte de mi ser.

- ¡María, es contigo!
- ¿Conmigo? - exclamo atisbada. Se ríen de mi supuesto despiste, pero no se dan cuenta que conversan con ella, la extraña, la del espejo, esa que no soy yo.

Al final, me resigno y termino proclamándome como Belkis. Asumo sus implicaciones (sí, la de nombre de peluquera, con todo el respeto que se merecen) y concluyo que uno termina pareciéndose más a sus inconformidades que a sus anhelos.

A fin de cuentas, también somos un compendio de lo que ocultamos.