Sobre la coherencia y el Yo anhelado: un ejercicio de reflexión personal.

Es una mujer que parece a punto de marcharse a algún lugar, 
como si la esperasen en otro sitio donde en realidad se sentiría más a gusto. Pero suele ser la última en irse, 
apura la noche, la compañía, el sonido de nuestras voces.
- José Ovejero en La invención del amor.

Soy de las personas que alaba la coherencia. Palabras y hechos son -desde mi punto de vista- un hilo conductor inquebrantable. Cuando alguno de estos dos pilares se ausenta de forma premeditada, genera un vacío (en el ser, en el hacer) que no se puede llenar ni con la más accesible de las adicciones.

Sin embargo, no estoy exenta de la escasez de congruencia. 

Aunque demuestro mis estados de ánimo de forma irrefutable: en el rostros, en los gestos, en los versos; soy de las que se reserva situaciones que, a fin de cuentas, no son de interés colectivo. Y allí deviene la primera contradicción: ser para muchos una ventana pública cuando -a decir verdad- digo lo que quiero decir y callo lo que quiero callar.

Todo esto me ha hecho pensar que los seres humanos somos catadores de nuestras emociones, de nuestros alter egos. Exponemos cabalmente una parte de nuestra vida (quizás la que más anhelamos o detestamos) y olvidamos que somos un compendio de rabietas y sobresaltos, de sonrisas y lágrimas, de jazz y balada pop.

Mostramos un Yo anhelado que dista -o no- de nuestra cotidianidad. Buscamos en los refugios digitales un espacio para albergar máscaras basadas en lo que somos o en lo que no queremos que vean. Tapamos la vulnerabilidad o nos victimizamos en un ejercicio primitivo de comunicación, de gritos sin eco, de compañía, de palmadita en el hombro.

Y entonces, ¿somos acaso coherentes con nuestra esfera pública y privada? ¿El ejercicio de exhibir en demasía o callar en su totalidad nos convierte en personas incronguentes? Traigo esto a colación porque, aunque me vanaglorie de ser (y querer ser) sensata, precisa y acorde con mis versos y acciones, no escapo de la realidad: nuestra esencia es cambiante por naturaleza. Evolutiva. Un día podemos decir, hacer y cumplir promesas propias y ajenas, y, al día siguiente, olvidamos la "rutina" aprendida (hasta que la aprehendamos y pasemos a la siguiente lección). Con esto no quiero incitar a palabras que nunca terminan en hechos concretos. No comulgo con esa religión. Pero sí quise reflexionar sobre la complejidad de poder llegar a ser el resultado palpable de ideas, promesas y frases que nacen de pequeños o grandes pensamientos.

De lo que sí estoy segura, es que vale la pena intentarlo. Ir por una misma línea verbo-acción. Por nuestra tranquilidad y la del entorno. Por nuestra paz mental. Por nuestro bienestar.

Manos a la obra, damas y caballeros.