¿Por qué leemos?


Entre mis pasiones más recurrentes -junto al café de las 7 a.m. y el desfile de añoranzas fotográficas en blanco y negro- se encuentra el irreductible placer de la lectura.

Novelas, ensayos, poemas, textos de consulta, artículos de opinión y cartas de amor son algunos de los refugios por los que suelo pasearme: a veces con frenesí; otras, con sutileza.

Esa autodiagnosticada compulsión me ha hecho pensar que -nosotros, los lectores- somos espectadores de nuestra propia búsqueda. Leemos para reencontrarnos con la sensibilidad perdida. Para llorar a solas. Para buscar respuestas. Para reír.

Leemos, además, para escapar de la realidad. Para enamorarnos (de ellos, de nosotros). Para atar cabos. Para vivir historias que somos incapaces de reconocer en nuestro entorno. Para hacernos un poco más humanos con una capa roja de superhéroe. Para abandonar versos a mitad de la noche, como quien escapa -hábilmente- del compromiso adquirido. Para dar el que no nos atrevemos. Para callar el no con tal de no herir.

También leemos para ser libres: de la sociedad, de la cárcel autoimpuesta, de los prejuicios (propios y ajenos). Leemos para viajar a lugares recónditos sin necesidad de pasaporte y nos convertimos -poco a poco- en inmigrantes de las letras. Nos sacudimos. Nos excitamos. Nos cuestionamos. Sentimos (simplemente sentimos). Pasamos el tiempo. Vivimos.

Leemos para morir y renacer en el último punto final.

Los lectores debemos tener más de siete vidas y una curiosidad tan aguda que nos hace regresar al peligro: ese que se pasea por escenarios fortuitos cargados de gramática impecable. Quizás por eso leemos tanto: para ponernos a prueba, dilucidar lo que nos conviene y tomar la mejor decisión.

- ¿Va a llevar el libro señorita? - preguntó el joven librero de aquel lugar olvidado.

- Esta vez no - respondió sonriente.

- ¿Algún problema?

- Sí. Aún no he vivido como debería. Regresaré cuando sólo quede el último eslabón de compañía posible: el de mi biblioteca inexistente.

- Aquí la esperaremos.