Hablar solos. Soltar. Avanzar.


Me asusto cuando a veces, momentáneamente, te olvido. 
Entonces corro a escribir. 
No tendrás queja. 
Hasta olvidarte me recuerda a ti.
- Hablar solos de Andrés Neuman 

He tenido unos meses difíciles.

Me he refugiado en la lectura -audaz, casi frenética- como forma de protesta, como vía de escape. Tramada. Premeditada.

Abandoné el placer de las letras que desde niña me ha conquistado por la distorsión de la realidad.

Al asumir la situación sin tapujos, respiré profundamente. Pensé en Elena (el personaje de la novela de Neuman, "Hablar" solos") y su contundente afirmación: cuando un libro me dice lo que yo quería decir, siento el derecho a apropiarme de sus palabras, como si alguna vez hubieran sido mías y estuviera recuperándolas. 

Decido soltar la historia.

He prometido no adueñarme de palabras ajenas, caricias ajenas, penas ajenas.

Luego regreso -un tanto temerosa- al punto inicial de vacío: ese que me hace huir de lo cotidiano. Respiro de nuevo (ahora con más fuerza, hasta sentir la onomatopeya de la inhalación danzando por mi cuerpo) y me aventuro a tomar la decisión final, la necesaria: reconstruir las piezas, soltar, avanzar.

Ahora sí. Estoy lista para volver a leer por placer y no por querer encontrarte en cada línea (bonita metáfora. Sonrío).

Es tiempo de practicar el desapego como método de supervivencia.

Gracias, Neuman.
Gracias, Elena.