Fragmento del Diario de Anaïs Nin.


En algún momento de agosto de 1932

Los días que siguieron fueron únicos, resplandecientes. Charla y pasión, trabajo y pasión. Lo que necesito guardar, tomar con calidez contra mi pecho, son las horas en ese piso de arriba. Henry no me pudo dejar. Se quedó dos días, que culminaron en semejantes estallidos de sexo frenético que quedé ardiendo por mucho tiempo.

Me dejé de preocupar. Me recuesto y lo amo, y recibo tal amor de él que justificaría toda mi existencia. Tartamudeo cuando digo su nombre. Cada día es un hombre nuevo con nuevas profundidades y nuevas sensibilidades.

Recibí una foto de él hoy. Fue algo raro ver tan claramente toda su boca, la nariz bestial, los pálidos ojos fáusticos – esa mezcla de delicadeza y animalidad, de dureza y sensibilidad. Siento que amé al hombre más extraordinario de nuestra época.

La mayor parte de mi vida la pasé enriqueciéndome tanto como pude durante la larga, larga espera de los grandes acontecimientos que ahora me llenan tanto y tan profundamente que me abruman. Ahora entiendo la tremenda preocupación, el trágico sentido de fracaso, el profundo descontento. Estaba esperando. Ésta es la hora de la expansión, de la verdadera vida. Todo lo demás fue una preparación. Treinta años de vigilancia angustiosa. Y ahora estos son los días para los que viví. Y ser conciente de esto, tan conciente, es lo que me resulta casi insoportable. Los seres humanos no pueden soportar conocer el futuro. Para mí, conocer el presente es igual de deslumbrante. Que sea tan intensamente rico ¡y saberlo!