Sobre la fragilidad del enfermo y una curativa taza de té.


He estado enferma. Realmente enferma. A tal punto que han tenido que llevarme al baño, ducharme y darme de comer. Pero también he tenido vaivenes de resfriados, gripes y dolores causados por el estrés cotidiano, las colas, CADIVI y la falta de papel toilet (toalé, en perfecto criollo).

Y -en mayor o menor proporción- no hay punto de comparación que se asemeje a la fragilidad del ser humano cuando pasa de "valiente" a "paciente". Automáticamente, recordamos nuestra infancia, las sopitas curativas de la abuela y el todopoderoso beso en la frente que nos hacía sentir mejor.

Traigo esto a colación porque llevo días con un malestar implacable. De esos abrumadores. Hijoeputas -dirían mis amigos-. Y no dejo de pensar en lo endeble que podemos llegar a ser: con un resfriado, con una tos, con nuestros miedos, con nuestra vida. Nos postramos en la cama esperando el beso todopoderoso, el familiar que resuelva, el amigo que nos ayude, el compañero de trabajo que haga las diligencias por nosotros. Y así se nos va la vida: esperando. Siempre por un tercero. Siempre por los demás.

Sí, es verdad, en ocasiones necesitamos el beso todopoderoso, el familiar que resuelva, el amigo que nos ayude, el compañero de trabajo que haga las diligencias. Pero no debe ser una constante. Incluso, cuando nos sentimos más débiles, alzamos la mano en busca de ayuda -porque así nos enseñaron de pequeños, porque así fuimos criados- sin detenernos a pensar que tenemos la fuerza para levantarnos de la cama, ir a la farmacia, comprar las vitaminas que hacen falta, regresar a casa, caminar hasta la cocina y prepararnos una curativa taza de té (de esas que humean y hacen que el mundo, de repente, luzca mejor).

No está mal dejarse ayudar cuando no podemos por sí solos. Lo terrible, lo reprochable, se basa en adjudicarle nuestras cargas a otros. Como si no tuviésemos brazos, ni piernas, ni disposición.

Por eso, heme aquí, con mi curativa tacita de té y mi teclado. Dándole los buenos días al mundo. Haciéndome cargo.

Además, ¿quién dice que una manzanilla caliente no puede vencer al monstruo más temido?


No existe problema tan grave o tan grande que no se reduzca con una buena taza de té.
 – Bernard-Paul Heroux