Sobre la capacidad sanadora del agua y nuestra auténtica comunión.


Ahora tengo sed y mi amante es el agua.
Vengo de lo lejano, de unos ojos oscuros.
Ahora soy del hondo reino de los dormidos;
allí me reconozco, me encuentro con mi alma.
- Eduardo Carranza

Bañarnos es de las comuniones más auténticas que tenemos los seres humanos.

Estar desnudos -entre bondades, cicatrices e imperfecciones- nos acerca a nuestra verdadera esencia: eso que realmente somos cuando no llevamos máscaras cotidianas, cuando nadie nos juzga, cuando nadie nos ve.

El agua, al entrar en contacto con nuestro cuerpo, ejerce una función sanadora. Nos limpia. Nos renueva. Deja la "cuenta karmática" del día en cero. Se lleva lo malo. Da paso a lo bueno. Nos equilibra.

Siempre me he sentido mejor luego de una larga ducha. Los problemas se ven un poco más pequeños. Las lágrimas se confunden entre gotas de diferente tamaño y grosor. La piel deja rastros al azar. Los deditos arrugados confirman que estamos listos para continuar la faena: secarnos, vestirnos, salir/dormir (según sea el caso), avanzar.

No podemos escapar de los cuestionamientos inherentes a nuestros fracasos. A la picardía de la compañia anhelada. Al momento tú a tú con el ser sin etiquetas de padre, amigo, amante, hijo, hermano. Estamos solos en un espacio-tiempo difícil de perpetuar. Y, aunque sea por un instante, somos completamente genuinos.

Doy gracias a la vida por la capacidad de renovarnos: purísimos, diáfanos, cristalinos.

En una cueva de un monte lejano
me refugié. Y era de día
y cantaba el agua en el agua
y el aire soñaba en el aire.

Me refugié para no huirme
y no encontrarme. Era de noche
y el monte aquel era de luz.

Nunca supe de procesiones
como aquéllas: vestían clámides
transparentes, sin fibrias, iban
mirándome al pasar.

Lo que no tiene fin no se posee
ni nos posee: las miradas,
suyas y mías, eran formas
de otra forma de amor.

No hay dioses muertos si son dioses,
ni aquella cueva, ni aquel monte,
ni aquella luz, ni clámides
sin fimbrias, pues abrí
los ojos, y hasta el pecho
surgió el río del río.

- Iban mirándome al pasar, de Ángel Crespo