Todas hemos tenido a un Diego Rivera en nuestras vidas.


Todas hemos tenido -alguna noche, alguna vida, alguna vez- a un Diego Rivera arraigado en nuestra alma. 

Y si eso no ha sucedido aún, hay una parte del cuerpo que se encuentra profundamente dormida.
Una levedad insoportable.
Un hastío. 
Una pequeña muerte sin conocer la respiración.

Extraño el plural infinito de mis amantes.
Mis amores.
Mis Diegos.


Mi amor, hoy me acordé de ti.

Aunque no lo mereces tengo que reconocer que te amo. 


Cómo olvidar aquel día cuando te pregunté sobre mis cuadros por vez primera. Yo chiquilla tonta, tú gran señor con mirada lujuriosa me diste la respuesta aquella, para mi satisfacción por verme feliz, sin conocerme siquiera me animaste a seguir adelante. Mi Diego del alma recuerda que siempre te amaré aunque no estés a mi lado. Yo en mi soledad te digo, amar no es pecado a Dios. Amor aún te digo si quieres regresa, que siempre te estaré esperando. Tu ausencia me mata, haces de tu recuerdo una virtud. Tú eres el Dios inexistente cada que tu imagen se me revela. Le pregunto a mi corazón por que tú y no algún otro. Suyo del alma mía. 


- Frida.