El silencio: implacable y aterrador.


"No es que le falte el sonido
es que tiene el silencio".

Fina García Marruz.


Solía quedarme callada como forma de protesta frente al ruidoso mundo que encontraba al cruzar la puerta de mi casa.

Era como alzar una bandera de paz entre tantas cornetas y vendedores ambulantes. Un pequeño paraíso en medio del caos. Un instante de quietud con los audífonos puestos. 

No existía nada que me sacara de ese estado de autismo -impuesto, además- que paseaba por las calles adornadas con basura del día anterior. Hasta que un día vi como desfilaba frente a mí el implacable tiempo, con un reloj de plata colgado en sus vestiduras. Me miró como si fuese la única persona sobre el planeta tierra. Sonrió (y vaya que sabe sonreír) y siguió su paso apurado para perderse entre una inmensa cola de gente que anhelaba mendigaba un paquete de Harina P.A.N.

Ese día descubrí que no valía la pena callar. Que el hecho de abrigar el silencio era la peor forma de protesta que había encontrado. Y que, para esperanza de muchos, siempre iba a existir alguien presto a escuchar; que el caos no era tan malo si él, ella y aquél estaban dispuestos a cambiar y que las sociedades, como todo colectivo, debían alzar la voz para que el eco no se llevase el rastro de libertad que aún deambula en las avenidas.

Y como bien dijo Fina García Marruz: "No es que le falte el sonido, es que tiene el silencio", ese que puede condenarnos hasta el -último- punto final.