Resentimiento post mortem.



La muerte del -ahora ex- Presidente de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías, deja una estela de resquemor colectivo en nuestro país, además de una notoria división política, ideológica y social entre el bando “oficialista” y “opositor” (a fin de cuentas, con los mismos errores y aciertos del ser humano).
Nunca creí en Chávez. Estoy convencida de que su mayor legado es -y será por muchos años- el odio sembrado durante 14 años de revolución bonita. Las constantes descalificaciones hacia un sector de la población se convirtieron en el desayuno, almuerzo y cena de sus seguidores; acción que se vislumbra como un panorama frecuente -incluso después de su muerte- por un dogma casi religioso llamado chavismo.
Como bien dije en tuiter, no siento dolor alguno por su partida. Lo único que lamento es la pérdida de la algarabía del venezolano: el cafecito sin insultos en la panadería, las celebraciones navideñas sin rencores ni divisiones familiares causadas por el apoyo -o no- a lo que en vida hizo Hugo, la tranquilidad de caminar por las calles sin sentirse amenazado por la inseguridad y la pérdida del respeto a pensar diferente (seas chavista, caprilista, católico, testigo de Jehová o ateo).
¿Cuánto tiempo tomará remendar lo que quedó de país? No lo sé. Sólo espero que el tiempo que nos toque pasar en este corto cuento sea más ameno, respetuoso y sin tanto resentimiento post mortem.
De todas maneras, no sobreviviremos al ciclo natural de la vida: la muerte.
¿Por qué hacerlo más difícil?