De cómo los “culebrones” y el rating nos han jodido como sociedad.



“Como vaya viniendo vamos viendo”
Eudomar Santos - Por estas calles.
Si nos remitimos a la consulta por excelencia de todos los estudiantes post Internet, es decir, Wikipedia, encontramos como definición de cultura popular “al conjunto de patrones culturales y manifestaciones artísticas y literarias creadas o consumidas preferentemente por el pueblo llano, por contraposición con una cultura académica, alta u oficial centrada en medios de expresión tradicionalmente valorados como superiores y generalmente más elitista y excluyente”.
Para nadie es un secreto que las telenovelas -y sus personajes más destacados- forman parte de la cultura pop venezolana.
Es un oficio casi religioso confrontar la realidad con el culebrón de las nueve. Quizás porque esa “realidad” se vea reflejada en actores de medidas perfectas que contonean sus curvas junto a un parlamento con una asombrosa dicciónvenezo-méxico-miamera. O tal vez, porque la idiosincrasia del venezolano -y del latinoamericano en general- no ha tenido acceso a opciones culturales que permitan sopesar la voz de Lupita Ferrer con el baile típico de la región y sus costumbres más destacadas. Porque vamos a estar claros: el joropo no compra rating pero que la hija del protagonista quede ciega, sí.
Entonces, el ciudadano estrato D, E -y un sinfín de letras que desconoce por analfabeta- con una parabólica en su rancho y cinco hijos a su cargo, se debate entre el sueño de ir a la capital para alcanzar su meta de ser famoso y casarse con Julian Aristiguieta -el prota, por supuesto- (canal 3), operarse las lolas y encarar el oficio más viejo del mundo (canal 4) o simplemente esperar que un abogado toque su puerta y le diga que ha sido el heredero de una cuantiosa fortuna (canal 5).
Y así, poco a poco, se va forjando en el imaginario colectivo la idea de que las telenovelas no son una producción basada en el entretenimiento, sino la salida perfecta para todos los contratiempos existentes en el país de las mujeres más bellas.
Con esto no quiero sentenciar a todas las producciones dramáticas venezolanas y mucho menos negar que he ejercido el fiel derecho de televidente culebrera en alguna oportunidad, pero sí alzo la voz en modo de protesta por el escaso abanico de opciones de los medios de comunicación tradicionales. ¿Qué desaparezca Sábado Sensacional junto a Lila Morillo? No. ¿Qué por cada Sábado Sensacional y 12 Corazones existan dos programas más dedicados a la difusión cultural a través de una producción que no sea tan triste y aburrida? Sí.
Sé que mis líneas tienen cierto aire de utopía (por no afirmarlo del todo), pero mientras se nos permita buscar “una tendencia natural hacia lo mejor” como bien lo señalaba Renny Ottolina, tenemos la potestad de criticar con base y proponer nuevos espacios que forjen el más preciado legado que podemos dejar a las futuras generaciones: el de la cultura y la educación.